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Estimular la imaginación: Juegos infantiles en las ciudades

Para un niño, no es necesario mucho más que una caja de cartón o un pedazo viejo de tubería para crear un mundo imaginario donde divertirse. Aún así, el mundo del diseño de las estructuras de juego infantiles — regido, por supuesto, por adultos — se vuelve cada vez más controversial. 

Por un lado, hay quienes abogan que la seguridad debe ser el principal factor a considerarse, y no lo hacen sin motivo; a mediados del siglo XX, cuando proliferaron las estructuras de juego en espacios públicos, hubo numerosos accidentes que resultaron en niños gravemente heridos debido al peligro de resbaladillas altas o ángulos puntiagudos en los juegos. Por otro lado, están los expertos en pedagogía, quienes insisten en que crear juegos demasiado seguros resulta en la apatía de sus usuarios infantiles, y por ello, dejan de servir su propósito final: incitar a los niños a explorar las posibilidades que ofrece el mundo que están en proceso de descubrir. 

La idea de crear espacios públicos específicos designados al juego infantil surge en Alemania en el siglo XIX, cuando grandes lotes vacíos fueron llenados con arena, dándoles un espacio limitado y seguro en donde jugar a los niños que antes correteaban sin supervisión por las calles. A principios del siglo XX, se comenzaron a instalar distintas estructuras — todas de uso ambiguo — dentro de los lotes, y tuvieron gran éxito con los niños, aún con todo y los accidentes que llegaban a suceder. El problema surgió en Estados Unidos en los ochentas, cuando los padres de familia de niños heridos llegaron a demandar a los fabricantes de los juegos, quienes procedieron a protegerse creando un rígido reglamento de diseño y, por consecuencia, abriendo paso a la homologación de las estructuras de juego alrededor del mundo. 

Algunas décadas antes de la controversia, artistas como Isamu Noguchi estuvieron fascinados por la idea del juego infantil, y diseñaron distintos espacios y estructuras abstractas en donde los niños pudieran jugar libremente. La idea siempre fue crear experiencias que representaran un reto para la imaginación aún sin límite de los niños; esculturas que podrían escalar, usar como escondite o resbaladilla, convertir en montañas o dinosaurios o naves espaciales. Fuera del esnobismo estético que suelen compartir los artistas y diseñadores (quienes parecen estar de acuerdo en la ofensiva inelegancia de los juegos prefabricados que hoy abundan), los pedagogos están de acuerdo en que esta aproximación al juego infantil es la correcta. Los conjuntos de juegos preceptivos fallan en lo que es, a fin de cuentas, su única misión: estimular la imaginación de sus pequeños usuarios. 

Entendido desde el punto de vista urbanístico y sociopolítico, los juegos en espacios públicos son más que simples lugares de ocio, donde los niños pueden divertirse y sus padres pueden descansar un rato mientras los vigilan. Jugar en un espacio abierto lleva a que los niños entiendan a la ciudad como algo que les pertenece, y al espacio público como algo a lo cual tienen derecho. El niño que juega en un parque de su ciudad se apropia de él, se lleva una lección cívica invaluable y se vuelve un ciudadano más empoderado para opinar sobre su ciudad en un futuro. Por ello, es importante que los diseñadores y arquitectos retomen un rol activo en el diseño de estos rincones de la ciudad, creando espacios estimulantes, estéticos, ambiguos, vibrantes y, sobre todo, democráticos.