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La legendaria flor de muertos

Aunque en años recientes el Día de Muertos ha llegado a un nivel de ubicuidad internacional sin precedentes (tras una película taquillera enfocada en sus leyendas, y un mega-desfile organizado por el gobierno de la CDMX), la festividad ha sido celebrada de distintas maneras durante siglos en nuestro país, comenzando en el siglo XVI, cuando las tradiciones españolas e indígenas de honrar a los difuntos se mezclaron. 

En 2003, la Unesco nombró a esta fecha como Patrimonio de la Humanidad, alegando que es “una de las representaciones más relevantes del patrimonio vivo de México y del mundo, y una de las expresiones culturales más antiguas y de mayor fuerza entre los grupos indígenas del país.”

Todos los años, a finales de octubre, los camellones y puestos de flores de la Ciudad de México se pintan de naranja, en espera de las celebraciones de Día de Muertos. La peculiar flor se llama cempasúchil, y su historia se remonta al tiempo de los aztecas, quienes la veneraban creyendo que en sus coloridos pétalos guardaban el calor de los rayos del sol. Ya que el sol simboliza la vida, la flor de cempasúchil corona los altares de muertos, quienes se dice visitan a sus seres queridos durante los primeros dos días de noviembre. 

Según cuenta una leyenda popular sobre la flor de cempasúchil, dos amantes de nombres Xochitl y Huitzilin subían todas las tardes a lo alto de una montaña a ofrecerle flores a Tonatiuh, el dios del sol, jurándole amarse más allá de la muerte. Cuando Huitzilin murió en la guerra, Xochitil, destrozada, le pidió a Tonatiuh que la convirtiera en flor. Huitzilin, ahora renacido en forma de colibrí, se posó sobre el centro de la flor, y al primer contacto ésta se abrió en 20 pétalos, surgiendo así la flor de los muertos. 

Una vez al año, la cempasúchil se planta en Puebla y es recolectada cuatro meses más tarde, para después ser trasladada alrededor del país. En la Ciudad de México, una urbe llena de imponentes edificios, monumentos históricos y amplias avenidas para peatones, las semanas durante las que la tradicional flor adorna el espacio público funcionan como un recordatorio constante de la cultura que abunda en México, tanto para turistas como chilangos. Este tipo de gestos espaciales van más allá de lo decorativo, pues son fuertes símbolos de las tradiciones que nos distinguen y unen como mexicanos.